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lunes, 21 de agosto de 2017

La boda de un Jedi

Como ya sabéis todas las historias tienen un comienzo, un empiece peliculero un ‘Había una vez’ o un ‘Erase que se era’. Pero no es el caso de esta leyenda, de este conjunto de palabras que unidas forman un cuento, una narración de origen galáctico; y es que el amor que se esconde entre estas letras es más poderoso que las mismas fuerzas que hacen que el universo se mantenga eterno.

Comencemos…



Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, había un valiente y sinvergüenza piloto. Este piloto era conocido por su locura innata, por su fuerte positivismo y su insaciable necesidad de aventura. Este piloto y además contrabandista llamado Adrián Solo volaba a través de las estrellas montando en su Halcón Milenario (aunque si os soy sincera, creo que tan solo se trataba de un caballo que después sería una motocicleta). Volaba sorteando planetas, meteoritos y cometas, siempre contando con el apoyo de los arrastrados, quiero decir… de su fiel compañero y amigo Chewbacca. Juntos se adentraban en los peligros de las montañas de la Pedriza, donde con la ayuda de este piloto y líder de la Alianza Rebelde conseguían completar la misión de llevar tan solo 20 pertenencias en la mochila, y así poder correr entre los montes más rápido, en el caso de que los soldados de asalto del imperio galáctico diesen con su secreta localización (y quien dice soldados de asalto dice zombies en pleno apocalipsis). La base rebelde oculta y escondite de reuniones se encontraba en ese deseado jardín con piscina, ubicado en el planeta Yavin; donde las horas conversando se hacían infinitas. Y la azotea, era la torre de vigía desde donde protegían la ciudad apuntando con sus pistolas bláster siempre alerta a cualquier posible ataque. 

Esta persona de la que hablamos podía tirarse horas montando y planeando batallas en maquetas coloreadas; así como inmerso en la creación de objetos y muebles usando su mayor material de contrabando; los pallets que por ahí se iba encontrando. Otra de sus grandes misiones de vida era su dedicación a la enfermería, preocupado por la salud y el bienestar de las personas de la Alianza.  En su tiempo libre Adrian Solo, solía irse a cazar búfalos nocturnos acompañado de la música y el baile y cuando sonaba el 'Single Ladies' se convertía en el rey de la pista y ¡no había quien le parase!

Adrián Solo era y es, un gran defensor de la paz y la justicia. Así como un amigo de gran poder y sabiduría ya que en cualquier momento de necesidad él siempre va a estar ahí, a tu lado, para darte apoyo, escucharte y narrarte uno de es,os largos sermones propios de él, con los que se asegura que la persona con la que habla se sienta reconfortada a través de esas palabras pronunciadas desde la sinceridad y el corazón. Aquí hablamos de un seguidor del lado luminoso de la Fuerza al cual estamos orgullosos, nosotros la orden de los Arrastrados, de poder entregarle hoy un certificado profundamente merecido. Pues nos encontramos ante un verdadero Jedi.

Bueno continuemos con nuestra historia; pues este joven y alocado piloto no ha llegado aquí solo, sino que se encuentra bien acompañado. Y es que nuestro protagonista revolucionario se enamoró de nada menos que de una princesa, pero no os penséis que se trata de una princesa cualquiera. No, aquí no hablamos de una de esas princesas cursis con vestidos brillantes y pelo largo que esperan a que sus príncipes azules les vayan a rescatar. Aquí hablamos de una princesa de armas tomar, que no necesita a nadie para ser salvada de las adversidades de la galaxia, ya que se trata de una de las líderes más importantes la Alianza Rebelde, valiente en el campo de la enfermería y dedicada a exprimir al máximo la felicidad de cada momento de su vida. Esta princesa llamada Mélani Organa es una de las grandes heroínas de la galaxia así como una figura clave para la lucha por la libertad y obviamente para el final de esta historia.

La princesa Mélani Organa tenía fuertes lazo de amistas en muchos de los planetas vecinos ya que su alegre carácter y fuerza de voluntad la convertían en una persona querida y admirada. Esta princesa de sangre aventurera mantenía como prioridad recorrer el Universo y explorar cada uno de las maravillas que este escondía. Pero también tenía una pequeña debilidad, y esta era su atracción por los sinvergüenzas y destartalados; y digamos que Adrián Solo era conocido por su engreído desaliño.

La primera vez que se vieron fue en la Estrella de la Muerte, también conocida como el famoso Weatherspoon,  donde si os soy sincera se conocieron pero no se hicieron muchos caso. Eso cambió radicalmente en su segundo encuentro, una noche en la que ambos decidieron salir con sus amigos a una de las discotecas más famosas de la galaxia, llamada East. Allí por primera vez sus miradas se entrecruzaron creando una pequeña chispa de complicidad. Esa noche sus manos se rozaron. Juntos, bailaron. Intercambiaron susurros y sonrisas. El olor de sus cuerpos al acercarse y la atracción de sus miradas se convirtieron en un grito silenciado, en un silencio gritado.

Ahora, debían batallar el peligroso frente que les esperaba, un movimiento que únicamente el audaz Adrian Solo podría logar con la ayuda de la valiente Princesa Mélani. Ya que esta ideó una misión de rescate para liberar a Adrián Solo de su congelación en un bloque de carbonita y aunque esto les llevase a meterse a los dos en problemas, sabían que juntos, no habría nada ni nadie que les parase.

Entre tanta batalla contra el imperio galáctico no tenían ni un instante de descanso. Pero un día al encontrar un momento de tranquilidad, se pararon, se miraron haciendo que el giro de los planetas se detuviese y las manillas del reloj enmudeciesen para que el contrabandista y la princesa se dieran su primer beso.

Poco a poco comenzaron a formar su vida conjunta donde realizarían varios viajes de locura y pasión. Juntos descubrirían nuevos planetas; en el cual, en uno de ellos se harían una marca de amor permanente; así como en otro se sumergirían en las entrañas de la naturaleza y la salvaje fauna del planeta Tierra. Cada uno de estos viajes, forman parte de su inacabada colección de momentos y recuerdos. Los cuales a partir de hoy pertenecerán a un nuevo episodio.

Pasado un periodo de tiempo, decidieron continuar su aventura y tras recorrer un largo campo de asteroides aterrizaron en la Ciudad de las Nubes, más conocida como Escocia. Allí comenzaron a formar su pequeño hogar, su vida particular. Un lugar desde el que planearían un día tan importante y especial como el de hoy. Un escondite en el que hablarían usando un nosotros. Una guarida de ideas alocadas y secretos compartidos.

Y es que tras esa mirada de compromiso. Ese cálido saludo al verse que se convierte en un dulce hormigueo en el vientre. Esas palabras de amor dichas y las que no están dichas pero se quedan impresas en el ambiente, todos esos detalles son la firma más verdadera del sentimiento que enlaza a estas dos personas. Ese sentimiento es el que nos reúne hoy aquí, a todos nosotros para ser cómplices y partícipes de este día universal.

Pero no os preocupéis porque aquí no acaba esta historia ya que esta historia no ha hecho más que empezar; porque adivinad qué será lo que hoy, en este blanco acontecimiento nuestros protagonistas se dirán. Ella, le dirá “Te quiero” y él le contestará “Lo sé” y cuando se intercambien esos  anillos firmados por su amor y se den ese beso infinito podremos decir entonces que los planetas finalmente estarán alineados y la Galaxia será nuevamente libre.

Y aquí una servidora, la lectora de este cuento, habla desde el corazón de los arrastrados, tus amarillos, vuestros amigos. Y no solo con mi voz, sino con la de todas las personas aquí presentes. Todos nosotros ciertamente sabemos que vosotros, valientes e intrépidos enamorados haréis que la galaxia forme parte de un universo mejor, como lo habéis hecho hasta ahora. Y por ello, queremos haceros entrega de un pequeño recuerdo que será uno de los cuales marcará el comienzo de este nuevo episodio… y por supuesto, que no falte deciros “Que el amor os acompañe.”


Dedicado a Mélani García y Adrián Díaz. 
Gracias por hacernos pasar un día tan bonito e inolvidable.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Despensa. Campanilleo. Petición.


Para ellos era un día como otro cualquiera. Para ellos era un día normal. La navidad sólo relucía a través de la ventana porque entre las cuatro paredes la penumbra y la pobreza coronaban la casa…

De día al pequeño Billy le gustaba pasear por la calle,  caminaba despacio escuchando el crujir de la nieve bajo sus pies, observando las innumerables luces que decoraban el pueblo, sintiendo el frescor del ambiente, oyendo las risas de los felices niños y respirando la magia de la navidad. Respiraba fuertemente para intentar abarcar lo máximo posible en sus pequeños pulmones y así cuando volvía a su tenue hogar podía espirar el aire de la navidad decorando las paredes de mágicas guirnaldas y brillantes bolas de cristal. Pero eso tan solo duraba unos instantes, unos instantes en los que se le iluminaban los ojos… y luego todo desaparecía, justo en el momento que tenía que volver a respirar.

Esa noche todo el mundo estaba emocionado por la secreta visita del hombre más silencioso y llamativo del mundo. Sí, ese hombre que recorre los cielos en un trineo tirado por renos de los cuales uno de ellos guía al resto gracias a su luminosa y coloreada nariz roja que va haciendo juego con el atuendo de su adorable y risueño dueño.
Esa noche todo el mundo estaba emocionado; todos menos los habitantes de esta olvidada y polvorienta casita de la que estamos hablando, para los cuales la noche era simplemente eso, una oscura y fría noche de invierno más. Bueno, exceptuando a Billy el quinto de los siete hermanos, el cual en lo más profundo de su corazón sentía una indomable ilusión; deseaba que ese mágico hombre bonachón entrase por su hollinada chimenea con un susurrante “ho, ho, ho” y regalase a su familia la ilusión de la navidad perdida. No quería nada más, tan solo un poco de calor y magia en su hogar.

Cuando por fin todos dormían, bajó las sonoras escaleras de vieja madera corroída lo mas cuidadosamente que pudo. Le costó más de lo que tenía previsto pues en una mano llevaba un candelabro aun apagado y en la otra una caja de cerillas, un carboncillo y un trozo de hoja de papel. Cuando llegó abajo, se metió en la pequeña y vacía despensa, una vez que la puerta estaba cerrada encendió la vela de su candelabro y bajo la viva y tintineante llama se puso a escribir esa petición que llevaba tantos días redactando mentalmente en su cabeza y que comenzaba diciendo: “Querido Santa Claus, no se muy bien ni como comenzar… No soy un niño al que le guste pedir, pero esta vez me veo casi en la obligación de pedirte un gran favor…”  De repente una suave brisa acompañada de un alegre campanilleo le hizo dar un respingo. Le dio un vuelco al corazón y algo inseguro se acerco a una de las rendijas que había entre las tablas de la puerta, pensó que aun así no podría ver nada dada a la densa oscuridad que ocupaba la alcoba de la casa pero una luz salía directa de la chimenea. Él se frotó los ojos incrédulo y de repente vio como dos grandes pies acompañados de unas piernas vestidas de rojo descendían la estrecha torre de la chimenea.

Y ahí estaba, con su larga barba blanca, con sus viejas arrugas al lado de los ojos creadas por su continua sonrisa. Ahí estaba él, en mitad del salón.

- Ven muchacho, no te vas a quedar ahí escondido toda la noche – dijo a la vez que alargaba una mano en dirección a la despensa.

Billy, aun sin creérselo, salió cauteloso y despacio se acercó hacia él; llevaba en la mano la petición a medio escribir y algo avergonzado la arrugó cerrándola en su puño.

- No te preocupes Billy, supe de tu petición desde el primer momento en el que la deseaste. Tienes un gran corazón y por eso he venido a verte. No te preocupes por tu familia, pronto sentirán cómo la magia de la navidad les invade. La navidad es amor, esa es la clave. Ahora, quiero que pienses en un regalo para ti, un regalo especial.

- ¡Pero yo no quiero nada! No necesito nada…  - se corrigió al instante – Solo quiero que el calor vuelva a mi hogar, quiero que la despensa este llena o al menos… medio llena. Quiero que mis hermanos sientan la emoción de la navidad igual que lo hago yo cuando salgo a la calle. No quiero ningún regalo ni juguete caro como esos niños ricos y pomposos que tienen la idea errónea de que la navidad se mide en la cantidad de regalos que uno tenga. No quiero…

Para, para el carro… - le interrumpió Santa Claus riendo con las manos sujetándose la panza – no te preocupes por eso, como ya te he dicho, todo está bajo control. Solo pensé que habría algo que tu querrías en especial, pero si esto es todo lo que deseas… que así sea. Ahora vuelve a tu cama, no vaya a ser que nos oigan hablar, además veo que ya comienza a amanecer y aun me quedan unas cuantos hogares que visitar.

Antes de irse, Billy le dio un eterno abrazo. Ya estaba a punto de subir las escaleras, cuando Santa Claus le llamó susurrando; al mirar, éste se puso un dedo en los labios a la vez que le guiñaba un ojo en señal de secreto silenciado.

Una vez en su cama oyó como ese dulce campanilleo volvía a sonar anunciando la marcha de su inesperado visitante. Se fue… y con los ojos fuertemente cerrados Billy pidió un último deseo: “Deseo que nunca se me olvide esta mágica noche.”

A la mañana siguiente su casa se había convertido en un hogar cálido, con una chimenea encendida. Para desayunar todos disfrutaron de leche cliente con ricas galletas sacadas de esa llena despensa. Todos canturrean villancicos y charlan entretenidos.

- ¿Dónde está papá?  - preguntó Billy al no verle por ninguna parte.

- Ha salido un momento, no tardará en llegar – le contesta su madre.

Al rato entró su padre por la puerta cargando un árbol de navidad.

 - Ho, Ho, Ho ¡Feliz Navidad! Se que es un poco tarde, pero más vale tarde que nunca. Además, no os lo vais a creer pero me lo han regalado. - al ver la cara anonadada de todos su hijos decidió continuar con su explicación. - Me he encontrado a un viejo de barba blanca en un callejón del mercado y me ha dicho que me lo quedase… - dijo quedándose algo pensativo mientras revivía el momento mentalmente.

Billy sonrió, sin lugar a dudas esas se habían convertido en sus mejores navidades. Juntos, en familia, decoraron el árbol de navidad con dibujos de bolas colores y muñecos. No necesitaban más. 

Esa noche, cuando Billy se fue a meter en la cama, notó algo debajo de la almohada. Cuando lo sacó vio que se trataba de su segundo deseo, una bola de nieve con Santa Claus observando su casa. Así jamás olvidaría que esa noche fue real y que los sueños, si uno quiere, se pueden hacer realidad.
Dedicado a Sirley Zapata. :)


domingo, 6 de noviembre de 2016

Estudio. Fuerza. Desesperación.

Señora y señores, damas y caballeros, niños y niñas presten atención, estén muy atentos a esta especie de canción. Si se concentran  podrán escuchar en la lejanía la fuerza de las olas provenientes del mar y es que esta historia que brevemente os voy a contar sucedió una tarde de sol, mientras yo paseaba por la playa donde el canto de una sirena llamó mi atención, me cautivó y me guió hasta llegar a ella.

Me escondí entre las rocas y desde allí pude observar su belleza sin igual, su largo cabello largo y negro como el tizón, su cara de porcelana y su cola de sirena, tan brillante, tan elegante… También pude observar que entre sus manos tenía algo, vi como sus dedos bailarines se movían al son de su melodía, pero desde donde estaba no llegaba a reconocer qué era, por lo que me subí sobre unas rocas para acercarme un poco más, unas rocas que se movieron y me hicieron resbalar haciendo un gran ruido que asustó a la sirena que saltó rápidamente al mar y comenzó a alejarse sin tan siquiera mirar hacia atrás por lo que mi “no te asustes” quedó atrapado en el aire…


Me acerqué al lugar en el que ella había estado y ahí pude encontrar una especie de colgante con hilos de algas de colores que se enroscaban y enrollaban en una piedra preciosa de las profundidades del mar. Lo cogí, no estaba terminado; lo apreté con fuerza entre mis manos. Al dar una vuelta a mi alrededor encontré un pequeño cofre como si de dos grandes conchas unidas se tratase; dentro descubrí muchas joyas del mar, pulseras, collares, anillos y pendientes. Todas ellas hechas con runas, piedras, corales de colores y magia de sirenas…

Y tras horas de espera, sentado en la playa, oteando el extenso mar, con la esperanza de volver a ver a la sirena, me marché a casa, dejado sobre la blanca arena su caja de tesoros.

Al día siguiente nada más levantarme, volví a la playa y para mi desesperación vi que la caja de tesoros marinos había desaparecido y no había ni rastro de la sirena. Ese día volví a quedarme cerca de la orilla, y al siguiente, y al siguiente… ni rastro de la sirena ¿acaso habría sido una ensoñación?, ¿acaso había sido todo cosa de mi imaginación?

Algo me decía que tenía que ser paciente y esperar… no dejar que la espera me desesperase, ser fuerte… En mis manos, siempre sostenía ese collar que había cogido prestado y lo analizaba, lo estudiaba intentando aprender a hacerlo…

Un día conseguí terminar el collar inacabado y lo miré asombrado; de repente como por arte de magia, la piedra del medio brilló, se ilumino a la vez que el agua comenzaba a burbujear haciendo que apareciese la sirena ¡Ahí estaba!

Nadando se acercó, con sus ojos perlados me miraba y con una gran sonrisa me saludó a la vez que me acercaba una pequeña caja, como aquella de conchas que vi ese primer día. Me extendió la caja a la vez que me decía: “Estudio, fuerza y desesperación. Esas eran las tres pruebas de mi condición. Tú has demostrado superar todas ellas desde el primer día que me vistes, ahora, te dejo descubrir los secretos de las joyas del reino del mar. Ahora te dejo aprender a hacerlas y así podrás compartirlas con las personas que tú quieras, aquí en la tierra de los humanos de dos piernas.”

Tras ese día, todas las tardes, a la hora que el día atardecía, juntos hacíamos toda clase de bisuterías. Hasta que un día decidió que ya estaba preparado para hacerlas yo solo, un humano que entre sus manos envolvía piedras y runas provenientes de las profundidades del océano. Y con lágrimas en los ojos nos despedimos con una promesa que me dijo al odio “si algún día me necesitas, tan sólo tienes que acercarte a la orilla y frotar con tus dedos esa primera piedra mágica que un día cayó en tus manos.”

Ahora recuerda, si cierras los ojos podrás escuchar el baile de las olas del mar y si te concentras un poco más tal vez puedas intuir una melodía, la melodía de una sirena proveniente del reino de las piedras, la magia y las bellas algas, esas algas que a veces en la playa, se enredan en las piernas.

 Dedicado a Ana Pañuelos,
una sirena que crea bisutería que parece sacada de las profundidades del mar.

lunes, 31 de octubre de 2016

Hijos. Confianza. Amistad.

“¿Qué es la confianza?” Le preguntaron un día sus dos hijos ansiosos de conocer la respuesta.

- ¿La confianza? - Dijo ella extrañada ante tan repentina pregunta.

Estaba en la cocina, preparando un delicioso pastel de manzana, con las manos en la masa e impregnada del dulce olor de la fresca manzana. Se dio parsimoniosamente la vuelta para mirarles y al hacerlo se dio cuenta, por sus caras, que debía de ser una pregunta de gran importancia.

- ¿Qué os pasa? – les preguntó sin mas dilación.

- Necesitamos saber que es la confianza. ¿Cómo sabes si puedes confiar en alguien o no? – volvieron a preguntar con apremiante tono de voz.

- Pues… en realidad en un principio no lo puedes saber. Pero tienes que tener la confianza de confiar; si no… te limitarías a deambular en soledad. Quiero decir que la amistad se basa en la confianza. La amistad con tus amigos, con tus padres o tus tíos. La amistad con tu vecino, con tu gato o tu peluche al que abrazas cuando estás muy cansado. Sin confianza no conseguirías mantener ninguna de esas amistades. Porque la confianza debe primero construirse, crearse y creerse; y luego fortificarse según las acciones de esa persona. – un prolongado silencio acompañado de las expresiones anonadadas de sus hijos se difundieron por la cocina mezclándose con el olor de la mantequilla derretida.

Tras unos instantes, la madre cogió aire, dispuesta a intentar explicarse de nuevo ante el sentimiento de confusión que se deslizaba por la habitación.

- La confianza es… tirarse al vacío sabiendo que el otro va a estar detrás para agarrarte y no dejar que te des el golpe. Es apostar por el amigo, si él cree que lo puede hacer, tú debes creer con él. La confianza es ser uno mismo; cerrar los ojos y dejarse llevar, confiando en cada paso que tus pies den al caminar. Son los pequeños detalles que hacen la vida girar. – los niños la miraban con los ojos bien abiertos, interiorizando cada una de las palabras que su madre les decía. Y esta, proseguía. - Yo tengo confianza en mis hijos cuando me dicen que se van al parque a jugar y sé que cuidarán el uno del otro y nada les va a pasar. Y mis hijos confían en mi palabra cuando les digo que para merendar tendrán una humeante tarta de manzana preparada. - dijo al ver que sus hijos se relamían ante el olor dulce que habitaba de la cocina. - Ese grupo de personas con las que te rodeas las has elegido por algo, una de esas muchas cualidades que cumplen es la confianza. Y si conoces a una persona y aun no sabes si puedes confiar en él o en ella, es muy simple, tienes que tirarte a la piscina. Y no, no me refiero a una piscina de verdad, simplemente digo que algún día tendrás que probar y confiar. Por ejemplo… si le dejas a esa nueva persona un juguete, confiando en que te lo devuelva al día siguiente y no lo hace, lo rompe o lo pierde; ya sabes que a esa persona no le puedes confiar tus juguetes… – dijo eso percatándose de que el pequeño de sus hijos tenía un juguete que no le pertenecía fuertemente agarrado en una mano y en la otra un juguete suyo, su más, más favorito. A si que continuó – pero por otro lado, si no se lo dejas, siempre te quedarás con la duda de saber si podías confiar en esa persona o no. Y si él confía en ti, ¿Por qué tú no ibas a confiar en él?
- Eso es lo que más o menos yo le he intentado decir – dijo el mayor de los dos. – pero… no he usado palabras tan rebuscadas.

La madre miró por la ventana y vio al pequeño nuevo vecino que era de la edad de su hijo. Este, estaba esperando a que salieran. Se le veía algo nervioso a la vez que inquieto.

- Además – añadió ella – puedes invitar a ese nuevo amigo a merendar un poco de esta deliciosa tarta que estoy a punto de hornear.

El niño sonrió y salió corriendo en busca de ese, su nuevo vecino,  su nuevo amigo al que le dejaría su juguete más, más favorito.

La madre siguió cocinando su pastel. Pensando y recordando la de veces que había usado ese poder llamado confianza. La de veces que con él había ganado y también las que había fallado. Pero cómo en cada fallo había aprendido algo.

Y esa tarde, en la que su hijo intercambiaba juguetes con el nuevo vecino, en la que jugaban por primera vez y merendaban tarta de manzana, se convirtió en el comienzo de una larga y duradera amistad. Conocieron a mas gente y formaron un gran grupo de amigos. Pero la amistad de ellos era especial, una amistad en la que la confianza siempre fue el pilar que los sostenía; una amistad irrompible en la que con los ojos cerrados se fiaban del otro y como su madre le había dicho podían dejarse caer al vacío estando seguros de que él otro estaría ahí para sostenerle.

Y como siempre sucede, el tiempo continua con el tictac del reloj, el pasar de los años que guían nuestros cambios físicos; la adolescencia, la pubertad, la madurez y la vejez. Y ahí están, en esa última etapa de la  vida, dos buenos amigos que apostaron por la confianza un día. Y hoy por hoy en lugar de intercambiarse los juguetes, cada vez que se ven se intercambian el bastón que les ayudaba a sostenerse y así tener siempre, una mano amiga en la que apoyarse. Y por ahí juntos se pasean, confiando en cada paso que sus lentos pies dan al caminar agarrados a ese bastón, un bastón llamado confianza.

Dedicado a Dami,
espero que confiases en que tu cuento llegaría algún día. :)

domingo, 24 de julio de 2016

Carta. Circunstancia. Viaje.

Perdonar mi tardanza pero ha sido cosa de las circunstancias. Esas circunstancias cambiantes y delirantes que te hacen estar hoy aquí y mañana… quién sabe. Circunstancias que van y circunstancias que vienen, te envuelven, te cambian y a veces te dominan llegándote a controlar hasta que te das cuenta y dices – ¡Ey para! Que no era esto lo que yo buscaba. ¿Dónde se han quedado mis momentos y lugares, donde se escondieron mis caprichos y habilidades? ¿Dónde? ¿Dónde están mis viejos cuadernos escritos, mis hobbies y mi reloj del no-tiempo escondidos? Esas cosas que me gustaba hacer, como oler las rosas amarillas, meter el dedo en la mantequilla y mandar cartas llenas de poesía.- 

 Cartas. De cartas va la vida, cartas escritas por circunstancias vividas. Me gustaría tener una paloma y hacerla volar con mi carta atada a su patita. Hacerla volar y yo, volar con ella, una pequeña parte de mi iría en ella, lejos, o tal vez cerca, dependiendo del destino al que el propietario de la carta pertenezca. La gente ya no escribe cartas de verdad, de esas de papel, boli y silencio en el que pensar. Porque ahora mismo, es verdad que estoy callada, pero mis dedos saltan de tecla en tecla como piojos hacen de cabeza en cabeza, y al mis dedos saltar un sonido artificial dejan bajo sus huellas, clic, clac, clic, clac… el teclear de mis letras. Pero es verdad que así es como vosotros, “leyentes”, podéis acceder a mis cartas de una manera rápida. Aunque… calculando la tardanza de esta carta… os he de obligar a pensar que fue mandada atada en la pata de una paloma blanca, una paloma blanca que se perdió en su travesía y de ahí el problema de esta carta tan tardía. Pues pese a que las cartas van y vienen y el cartero se encarga de su recogida y su entrega final, nunca seremos conocedores del viaje y las aventuras que las cartas experimentan, pues nadie nunca nos las ha contado o me atrevería a decir que poca gente se ha parado a pensar en ellas; pobres cartas viajeras… De Perú a Bratislava, de Suiza a Sudáfrica, de Madrid a Valencia o de Marruecos a Inglaterra. Aviones que van, barcos que llegan, cartas que viajan e incluso se marean. Algunas cartas, cartas perdidas, son las más anheladas y sin embargo las cartas inesperadas, las más ilusionadas. Cartas de amor, de melancolía o de despedida. Cartas  escritas con distintas caligrafías, distintos colores o distintas melodías. Cartas que se acompañan de una circunstancia por la que fueron escritas, a veces se trata de una circunstancia especial, otras, obligada, esas cartas impuestas... Quién no se conmociona o emociona al recibir una carta. Y no me refiero a cartas de la luz, el gas o el agua, esas cartas, cartas falsas, son de las obligadas, obligadas a decir cuánto gastaste este mes y cuanto el mes que vienen tendrás que pagar de más; cartas no escritas sino prescritas.

Pero de lo que nosotros hablamos es de cartas de verdad. Y como iba diciendo, las circunstancias hicieron que mi carta, esta carta, tú carta, se retrasara; que mi paloma blanca se perdiera en la profundidades de un reloj de arena, un desierto, un oasis, una pradera. Viajó por todo el mundo batiendo sus alas, esquivando las nubes y las balas. Estuvo en la jungla de Cristal, en el Amazonas y en las Pirámides de Teotihuacán. Se baño en el mar Muerto y se posó en la mano de la Estatua de la Libertad. Se paró a descansar en una cafetería de la Venecia antigua. Se entretuvo con los niños y con las hojas de los arboles que comenzaban a caer. Se hizo a la mar amarrada al mástil de un barco pirata y durmió en la Sabana, sobre la cabeza de una alta jirafa. Y al día siguiente, por fin,  decidió llegar, tras un último batir de sus alas la carta consiguió entregar. Y aquí está.

 No os puedo pedir que os creáis el viaje que mi carta hizo, pero…. ¿Quién lo iba a desmentir? Solo os digo que todo eso pasó y de ahí a que la carta, tuviera que llegar hoy. Pensad que estuvo viajando por todo el planeta, atada a la patita de una blanca paloma, una paloma que decidió cambiar sus circunstancias y viajar, una paloma que le dio a sus alas el placer  de volar.


Y ahora, siéntate en una mesa, coge un papel o una servilleta, un boli, pluma o lapicero y ponte a escribir, aunque sea sobre la vida de un cenicero. No pasa nada si tu carta llega tarde, sólo pensaré que las circunstancias la embarcaron en un largo viaje.

sábado, 25 de junio de 2016

Amistad. Viaje. Eterno.

Sí.

Aquí estamos y esto es para ti.

Sí, no nos mires así…

Concéntrate, escucha y disfruta pues en realidad no tienes a donde escapar.

Porque por muy lejos que te quieras ir, por muchas millas que te quieras alejar y por muchos aviones con los que quieras huir… Nunca podrás escaquearte de nosotros.

Y es que ya sabes… así somos.

Una plaga de ruidosos, de alocados y escandalosos.

Unos arrastra-momentos, arrastra-selfies  y arrastra-cuentos.

Unos personajes con infinitas peculiaridades.

Unos caminantes de nuestras propias libertades.

Unos amarillos provenientes de distintos planetas.

Unos aventureros sin vergüenza y con maleta.

Una maleta llena de sonrisas, de pequeños detalles  y recuerdos inolvidables.

Y es que esta maleta de la que hablo tiene algo en especial, no se trata de una maleta cualquiera pues por mucho que la llenes de cosas, nunca va a pesar más. Y con lo de cosas… no me refiero a ropa, maquillaje, tacones o bisutería… sino a sentimientos, abrazos, miradas y cosquillas. Me refiero a nombres, a ciertas personas de colores. Me refiero a singularidades del pasado; palabras pronunciadas y gritos ahogados. Una maleta llena de grandes sueños realizados, amores infinitos, ideas locas y lágrimas compartidas. Una maleta que rebosa complicidad, compañerismo y confianza. Una maleta con un nombre, una maleta llamada: AMISTAD.

Por eso te digo que nunca te libraras de nosotros, pues vayas a donde vayas siempre nos llevarás contigo, en la maleta, ahí; justo ahí, al ladito del corazón. Y en esos momentos en los que te sientas algo triste o nostálgica, tan solo tienes que abrirla un poquito e impregnarte de nosotros, mirar esos grandes momentos y sentir nuestro abrazo desde lejos.

Ahora despliega tus alas y prepárate para el vuelo. Coge carrerilla y lánzate a lo desconocido. Deja que la emoción hierva tu sangre y la curiosidad marque tus pasos al caminar. Deja a ese, tu árbol de la vida, seguir creciendo y rozando el viento llegaras más lejos. Abre bien los ojos, pues tienes un mundo por delante,  un viaje impresionante.

Eso es la vida, un eterno viaje de ir y venir, de descubrir y recordar. Un viaje lleno de personas, de miradas y de palabras. Un viaje que merece la pena explorar, aprovechar y disfrutar. Y ese largo recorrido que forman los días de tu viaje son, en realidad, la leyenda de tu vida.

Un leyenda en la que nosotros, los arrastrados; los amarillos; tus amigos; siempre vamos a escribir y garabatear. Y seguiremos dibujando mundos de fantasia donde nos disfrazaremos de unicornios y batiremos la coca-cola con una cucharilla; gritaremos a la luna y saltaremos las olas del mar; bailaremos hasta el amanecer y nos reiremos hasta desacernos; y seguiremos teniendo eternas conversaciones, de esas, que parecen nunca acabar.

A si que nunca lo olvides, contigo siempre vamos a estar.

Y ya solo nos queda añadir:

Abre los ojos y lánzate a volar.
Dedicado a nuestra amarilla, arrastrada y amiga Sara :)

sábado, 18 de junio de 2016

Familia. Hermana. Hijos.

Nacemos siendo inconscientes de que nos iremos.

Primero formaremos parte de una familia; mamá, papá, tal vez algún hermano o hermana, puede que alguna mascota, abuelos, tíos, primos…  Durante unos años, ellos son el núcleo de nuestra vida, crecemos junto a ellos y en ningún momento pensamos que algún día dejaremos el nido, maduraremos y no iremos…

Nacemos con las alas escondidas y poco a poco nos preparamos para la gran partida.

Y ahí vivías tú, en mitad de la loca vorágine de los muchos en la casa, hermanos y más hermanos, tu madre, tu padre y luego estaba, tu querida hermana; inseparables, complementarias, compañeras de secretos y cómplices de travesuras. Juntas pasasteis por grandes momentos que marcaron vuestra vida, vuestra historia; y pese a que os llevabais unos años, hasta vuestro cumpleaños se volvían especiales, pues una cumplía los años un día antes que la otra. Y según crecíais tú no te dabas cuenta de que algún día os separaríais. Una de las dos dejaría la casa de vuestra familia, una de las dos se casaría y contradictoriamente pasaría a vivir en otra casa, que a partir del momento de pisarla pasaría a ser llamada “mi casa” y esa, la  casa que tantos años habías creído tuya pasaría de un día para otro a llamarse “la casa de mis padres”.

Todo se trata de un juego de palabras no meditado, sin libro de instrucciones ni planteamiento preparativo. Una variante de posesividad, una cambiante de familiaridad.

Entonces esa, tu nueva familia, comienza a crecer, un niño llega primero y unos años más tarde el segundo. Tu familia ya está completa; marido y dos hijos ¿qué mas podías pedir? Eso sin hablar de que a lo de “crecer de la familia” también nos referimos a la parte de la familia de tu marido más las parejas de tus propios hermanos y hermana. De repente tu familia se triplica. Las navidades siempre resultan ser algo complicadas, pues antes de vivir en esta, tu nueva casa y tener tu nueva familia, solías pasar los días festivos con tus padres y hermanos pero ahora hay que decidir con quién celebrarlos…

¿Y tu hermana? Sigue estando cerca tuya. Es verdad que ya no os veis todos los días ni podéis comentar vuestro día tumbadas boca arriba en la misma cama antes de iros a dormir; pero aunque no podáis hacer eso, ambas sois conscientes de que siempre estaréis ahí la una para la otra. Por lo que tú sigues felizmente con tu vida; cuidando a tus hijos, ayudándoles a valerse por si mismos, enseñándoles lo importante de la vida… y mientras haces todo eso, la inconsciencia se vuelve a apoderar de ti. Muy en el fondo de tus pensamientos sabes que al igual que tú te fuiste en su día de aquella, la que era tu casa; ellos también se irán. Pero por muchos años que pasen, ese momento lo sigues viendo lejano y quedas envuelta en una burbuja de irrealidad hasta que un día, esa burbuja se explota sin previo aviso y te das cuenta de que tus niños, tus bebés, no son tan niños, sino que han crecido y se han convertido en unos hombre hechos y derechos, unos hombres que poco a poco van desenfundando sus alas, las van estirando y una vez que tienes la ventana abierta, salen volando por ella.

Ahora estás tú, y tu eterno marido. Tú en tu casa, con tu hermana al teléfono pegada. Tú y tus hijos formando una familia nueva en una nueva casa, una casa que ahora es de ellos. Y sin darte cuenta el tiempo pasa y de repente un día, otra noticia nueva aparece en tu vida: vas a ser abuela.

Y el ciclo sigue.

Y la vida se repite.

Naciendo para volar.

Volando para crecer.

Y volver a comenzar.


Dedicado a Mari,

esa abuela en breves momentos.

domingo, 12 de junio de 2016

Distancia. Amor. Esperanza.

Erase una vez…

Sí, como veis esta historia comienza como debe ser, de la manera tradicional. Como uno de esos empieces de los cuentos de antaño, protagonizados; la mayoría; por príncipes azules, princesas encantadas y dragones furiosos. Aunque hay que decir… que esta historia en particular no está protagonizada por ninguno de ellos, sino más bien por dos personas de carne y hueso. Pero una cosa sí que encontrareis en común con los pasados cuentos y es que según vayáis leyendo os iréis sumergiendo el la magia de las palabras. En fin, creo que es un comienzo propicio para una leyenda que merece la pena ser recordada. Y como iba diciendo…

Erase una vez, en un país muy, muy lejano, dos jóvenes que se enamoraron. Se cruzaron en el mismo lugar, en el mismo momento exacto. El destino hizo que sus miradas se cruzaran sin previo aviso, que sus ojos relampagueasen ante la electricidad que provocaron sus ojos al encontrarse. Esa carga eléctrica hizo que sus cuerpos se paralizasen provocándoles un escalofrío que les recorría todo el cuerpo y sin darse cuenta, estaban sonriendo. El mundo a su alrededor se quedó petrificado, nadie se atrevía a romper la magia del momento, ni el amor que esos dos cuerpos emanaban. El tiempo se ralentizó, al reloj le entro sueño haciendo que sus tics y sus tacs sonasen más alejados el uno del otro. Y mientras tanto, esas dos personas se desnudaban el alma.

De repente, ese momento se rompió, se astilló en millones de pedazos frágiles como el cristal que se perdieron y esparcieron por el suelo del mercado en el que se habían cruzado. Y ahora ¿Quién sería capaz de encontrarlos?

Una mano fría, firme y autoritaria agarró fuertemente el brazo de la muchacha haciendo que se le cayeran al suelo las pequeñas flores rojas que tenía en la manos.

- Vamos niña, que haces aquí parada y con esa cara de embobada. Tira para casa que ya no me quedan peniques ni para comprar calabaza – le dijo su abuelo sacándola de su ensimismamiento.

Al desviar la mirada hacia su él perdió por completo al muchacho misterioso de vista y cuando quiso recuperar esa conexión visual, no la pudo volver a encontrar por mucho que buscase desesperada alrededor de todos los puestos de verduras mientras su abuelo la arrastraba calle arriba de vuelta a su casa.

¿Habría sido una ensoñación? ¿Una mera ilusión? ¿El suspiro de un anhelo?

Lo que ella no sabía era que el chico en ningún momento la había perdido de vista, se acerco al lugar en el que se le había caído la flor; cerró los ojos y la olió. Con mucha precaución les siguió hasta llegar al hogar de ellos. Una vez allí vio como desaparecían al cruzar la puerta de madera. Justo cuando se iba a marchar oyó el abrir de un cerrojo, levanto la cabeza y vio como esos cabellos dorados bailaban al son del viento. Él se escondió, no quería que viese que la había seguido. Ella se quedó un rato mirando por la ventana, con la esperanza de volver a verle y al no encontrarle, pensó apenada, por segunda vez, que se había tratado de una visión de su imaginación pero algo en su corazón le hacia tener la esperanza de que había sido real.

Cuando ella cerró la ventana, él se guardó la flor en el bolsillo tras olerla una vez más y se marchó a hurtadillas de vuelta al mercado; pensando que por la tarde volvería y si hacía falta, llamaría a la puerta. Nada le detendría para acercarse a hablarla, no podía simplemente ignorar el brillo de su mirada, la tensión de la que su cuerpo se cargaba al verla, ni la palpitación de los fuertes latidos de su corazón. No le importaba que su barco se hiciera otra vez a la mar en dos días, si no le decía algo, siempre se arrepentiría.

Esa tarde un gran tragedia sucedió en el poblado. Un incendio se hizo protagonista de la historia emanando furiosas llamas que asomaban por las ventanas, rugiendo contra los muebles, fuego que hizo estallar el tejado de varias casas y todas las memorias de las familias que ahí habitaban. Habitantes atrapados entre el calor del color rojo y anaranjado. Humo negro llamado muerte les rodeaba. Algunos consiguieron salir a tiempo pero otros fueron convertidos en cenizas del recuerdo. Era lo malo de vivir en casas de madera, que el fuego se propagaba tan rápido como el viento difunde el polen en primavera.  Y en pocos segundos una vida entera quedaba apagada como la llama de una vela.

Y que gracia tendría esta historia si no fuese porque una de las casas derruidas por las llamas  no fuese la casa de la muchacha…

En el momento en el que él se enteró un trozo de su corazón se partió. Es verdad, no la conocía pero ¿por qué no había hablado con ella cuando había tenido oportunidad? ¿Por qué no le dijo algo cuando ella asomó sus cabellos dorados por la ventana, como si de Rapunzel se tratara? ¿Acaso nos dan miedo los finales de cuento? ¿Por qué no arriesgarse por eso por lo que nuestro corazón palpita?

Desesperado, intentó enterarse si ella había sido una de las personas que habían sobrevivido a las garras del fuego. Pero había demasiado alboroto, demasiado descontrol como para prestar atención a un simple forastero. Además ¿Qué nombre iba a decirles? No lo sabía su nombre, no sabia en verdad nada de la chica y sin embargo necesitaba descubrir que había sido de ella.

Finalmente consiguió enterarse que las dos muchachas que vivían en las casas habían sido trasladadas al hospital pero ya era demasiado tarde; su barco zarpaba en media hora.

Los brazos de la distancia separarían sus almas.
Antes de irse, se acercó a la casa apagada de vida. Y entre las cenizas dejó un pequeño cuenco que encontró lleno de agua y en él metió la flor de la pasión que les conectaba.

Por otro lado, como bien el chico consiguió costosamente averiguar; la muchacha descansaba en una cochambrosa habitación de hospital. Por suerte, ella no había sufrido más que una pequeña quemadura en el pie izquierdo. Ahora, se había quedado sola pues su abuelo había fallecido entre las cuatro paredes que formaban su vida y en verdad, puede que así es como tenía que ser, pues él siempre decía “Si he de morir, que sea entre estas cuatro paredes pues ellas me vieron nacer y crecer; formar mi familia y vivir. Estas cuatro paredes han sido siempre los oídos de mis confesiones y los silencios de mis secretos; se merecen también ser las poseedoras de mi espíritu cuando mi cuerpo y mis huesos estén cansados y aburridos.”

Sola y desamparada se había quedado ella, pues su abuelo era el único familiar que le quedaba. Su madre había muerto el día que ella nació y su padre… su padre, joven y borracho les abandonó en cuanto tuvo ocasión.

Y ahora ¿qué iba a hacer ella? No tenia nadie a quien cuidar, ni siquiera tenía un hogar que habitar. Lo único que tenía era la ilusión de volver a ver esos ojos que le habían atrapado una vez  su mirada en un mercado.

Tras unos días dándole vueltas se decidió. Estuvo investigando acerca de los forasteros que días anteriores por el poblado habían rondado. Se trataban de marineros mercantiles. Se entristeció ante la noticia pues supo que nunca le volvería a ver a no ser que al año siguiente volviesen para traer más mercancías. Y en ese momento, supo que tenía que hacer. No podía quedarse más tiempo encerrada el pueblo, a los ojos de un marinero desconocido, a su abuelo, a lo que fue su casa… Hizo la maleta con lo poco que tenía y se fue. Se fue de todo eso a lo que pertenecía, se fue a viajar, a recorrer el mundo, a crecer. Su fue pero sabiendo que volvería. Pues cada año más o menos en las mismas fechas pasaba unos días en su ciudad con la esperanza de… ya sabéis, volver a encontrarse con él.

A su vez, desde que él se había marchado, no había dejado de pensar en ni un solo momento en ella. Y pese a los años pasados, aun recordaba ese momento en el que se había escondido de sus ojos bajo la ventana.

Ambos siguieron recorriendo caminos, explorando mundos, descubriendo nuevas costas. ¿Alguna vez se volvieron a cruzar? Quien sabe, puede que los imanes de sus pieles se llamasen, se atrajesen hasta el punto de dormir el uno del otro a solo la distancia de un muro que separaba sus habitaciones del hostal. Pues la distancia es siempre difícil de medir, no se trata sólo de kilómetros, sino que se puede medir en emociones, en deseos, en coincidencias, en circunstancias. A veces estamos tan cerca pero tan lejos de las personas…

Y el tiempo siguió comiéndose las horas de su vida hasta que se hicieron mayores y los recuerdos se habían convertido en espesa bruma que entumecía sus recuerdos Ambos habían tenido una vida feliz, pero en sus corazones siempre habría una grieta no remendada, una astilla clavada.

En una de sus últimas misiones en la que los tripulantes volvían a desembarcar una vez más en este, el pueblo protagonista de nuestra historia; el ya no muchacho, se paseó una vez más por ese viejo mercado, recorriendo el mismo camino que siempre, caminaba con los ojos vueltos al pasado como tantas otras veces. Tras recorrérselo entero fue a sentarse en un banco. Un banco en el que encontró unas flores rojas, unas flores como esas que vio en las manos de una chica de cabellos de oro una vez. Los ojos se le llenaron de lagrimas mientras el olor del pasado le llegaba hasta el corazón, tantos años transcurridos…


Era una tarde fría, la niebla poco a poco se había ido apoderando de las calles. Ya no tenía nada más que hacer. Esta sería la ultima vez que volviese a la ciudad. Todo parecía llegar al final, hasta que el roce de una mano en su hombro le hizo despertar… 
Para Pablo,
nunca hagas de la distancia un obstáculo.